La versión más extendida cuenta la historia de un joven malcriado que, al no recibir el venado que quería para cenar, asesinó a su propio padre en un ataque de ira.
Tras el parricidio, su abuelo lo castigó de forma brutal. Lo condenó a ser perseguido por un perro hambriento «Tureko» por toda la eternidad, mandó a que lo azotaran con un látigo «peinilla» y le frotó ají picante en las heridas.
Desde entonces, el Silbón está condenado a vagar por los llanos cargando un saco de tela que contiene los huesos de su padre.
Es descrito como un hombre extremadamente flaco y alto. Tanto que sobrepasa las copas de los árboles. Dicen que mide unos seis metros.
Su nombre proviene de su silbido característico, que suena como las notas musicales do, re, mi, fa, sol, la, si. Pero lo más escalofriante es la paradoja auditiva que lleva consigo.
Si lo escuchas cerca, estás a salvo, porque significa que él está lejos. Sin embargo, si lo escuchas lejos… cuidado, porque significa que está justo a tu lado.
El Silbón se les aparece a los borrachos para darles una paliza, succionarles el ombligo y beberse el aguardiente que llevan en el cuerpo. A los mujeriegos, los persigue hasta matarlos, desgarrándolos con sus largas uñas.
A veces llega de noche a la puerta de una casa, deja el saco de huesos en el suelo y se pone a contarlos. Si nadie lo escucha, un miembro de la familia morirá al amanecer, pero si alguien lo oye, la mala suerte pasará de largo.
Según la tradición llanera, al Silvón le aterran tres cosas:
El ladrido de un perro
El sonido de un látigo
El ají picante
Se dice que el Silvón suele aparecer con más frecuencia durante la época de lluvias en el Llano, cuando el sonido del viento ayuda a camuflar su silbido.

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