En la tradición budista japonesa, un Jikininki («espíritu devorador de hombres») es el estado en el que renace una persona que, durante su vida, fue codiciosa, egoísta o impía.
Específicamente, se dice que eran sacerdotes o monjes que realizaban ritos funerarios solo por el dinero o los bienes materiales, sin sentir una verdadera compasión por los difuntos. Como castigo, al morir son condenados a existir en un estado intermedio entre la vida y la muerte.
La maldición del Jikininki es cruel, puesto que conservan suficiente conciencia humana para aborrecer lo que hacen, pero su hambre es sobrenatural. Se ven obligados a buscar cadáveres humanos recién fallecidos.
Durante la noche, devoran la carne de los muertos y recolectan las pertenencias valiosas que encuentran en las tumbas (joyas, ropa) para «atesorarlas», manteniendo su vicio de codicia incluso después de la muerte.
A diferencia de otros fantasmas, el Jikininki tiene una forma física, aunque aterradora:
- Tienen ojos brillantes como brasas.
- Garras afiladas para cavar en la tierra.
- Un aspecto demacrado y descompuesto.
- Disfraz: Lo más inquietante es que tienen la capacidad de transformarse. Durante el día, pueden lucir como seres humanos normales o monjes solitarios para evitar ser descubiertos.

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